lunes, 24 de febrero de 2014



 

Este cuento, lo he escrito para un concurso y he quedado segunda. Espero que os guste.


EL LAGO AZULADO


Todo empezó una tarde de vacaciones de verano.
Héctor era un niño de ojos azules, era muy gracioso y  estudioso. Vivía en Roma, Italia. Como todas las vacaciones, sus padres y él van París. Pero este año, iba a ser diferente. Su madre le había dicho que se iría  a ir a Sobión de Pabena, en Ciudad Real. Se iría solo con su perra, Roca, porque allí vivían  sus tíos Laura y José.
Una vez en Sobión de Pabena, sus tíos le enseñaron la casa. Era enorme, junto a una granja con todo tipo de animales, hasta tenían un perro que se llamaba  Tino. Roca y Tino se hicieron muy amigos.
Sus tíos decidieron ir a comer a un restaurante que se llamaba “La sonrisa”, donde se comía muy bien. Luego, aprovecharon a enseñarle el pueblo. No era muy grande ni muy pequeño.
Por la tarde, fueron a la piscina natural (el río). No había casi niños, uno o dos. Uno que estaba cerca de ellos parecía muy solo y triste. Héctor se acercó y le dijo:
-        Hola, me llamo Héctor, ¿y tú?
-        Hola, yo me llamo  Alejandro.
-        ¿Vienes a darte un baño?
-        Vale.
Ahora, Héctor y Alejandro, se lo pasaban muy bien, y no querían irse cuando fue la hora de marcharse.
Cuando llegaron a la casa, Roca y Tino se lo pasaban genial. Cenaron y vieron una película, Harry Potter  y la piedra filosofal. Luego, se fueron a dormir.
A la mañana siguiente, le despertaron los gritos de unos niños que jugaban por ahí. Bajó a desayunar. Había un montón de comida en la mesa, todo tipo: fruta, zumos, tortitas, cereales, leche, tostadas, galletas… podría seguir diciendo más, pero nos tiraríamos años. Luego, salió  y le dio la comida a Roca. Sus tíos, estaban fuera con los  animales. Fue hacia ellos y les ayudo a coger los huevos de las gallinas, cepillar a los caballos y ordeñar a las ovejas. También, salió a correr con Roca y Tino por el pueblo y de  paso, cogió el pan. Casi toda la gente (o toda) se preguntaban  qué hacia ese niño por allí, porque en otro pueblo muy cercano había un niño que se parecía mucho a él, (los dos pueblos se llevaban muy mal) y la gente se metía con él. Al final, sus tíos tuvieron que ir a solucionar el problema, porque si no, se tiraban piedras.
Después, cada día, iba a correr con los perros a un bosque que rodeaba el pueblo. En él había un lago. Llamaban al lago el lago azulado, porque era muy transparente.
Un día, corriendo por allí, se paró a tomar aire y una especie de mano, viscosa y verde le agarró y le tiró hacia el lago. Cada vez, iba más  abajo. Por más que quisiera, no podía subir hacia arriba. Mientras bajaba, oía a los perros ladrar. Héctor se decía para así mismo, que se ahogaría y no podría respirar si no subía. Pero no ocurría nada, Héctor no se ahogaba ni nada. Siguió bajando, hasta el fondo y cuando llegó, no se podía creer lo que veían sus ojos. Había una ciudad sumergida, pero no solo había peces, los habitantes de aquella ciudad, eran personas. Podían respirar gracias a unas bolas de chicle. La gente, salía de sus casas para ver a Héctor. Nunca recibían visitas del exterior. Una niña, guió a Héctor hasta una especie de palacio en el que le contó la leyenda de aquel lugar extraño y que estaban esperando una persona del mundo de arriba para ayudarles y que él era el elegido. Le dijo que tenía que traerles una piedra que se encontraba en una cueva en la que no se sabía lo que había. Cuando se la llevara, esas personas podrían ser otra vez normales y volver al mundo exterior.
Héctor, se fue a casa. Sus tíos estaban muy asustados, pero cuando le vieron llegar, se despreocuparon. No les contó nada de lo que había pasado, porque no le creerían.
Al día siguiente, Héctor, en vez de ir a correr con los perros, fue a casa de Alejandro a pedirle una bici. Luego, Héctor se fue hacia la cueva donde se encontraba la piedra. Dejó la bici a la entrada y encendió la linterna. Menos mal, que llevaba una linterna, porque había un agujero grande. La saltó, y por poco se cae. El pie izquierdo, se le fue y no lo apoyó en  la tierra, pero  se consiguió salvar.
Siguió caminando, y lo que después se encontró, fue un camino sin salida. Se puso a buscar una, pero no vio ninguna. Desesperado, se iba a ir, pero entonces, vio jeroglíficos por las paredes. Al principio, no los entendía, pero luego supo que decían:
“Si estás buscando la piedra, corre hacia la pared de tu izquierda, pásala, y la encontrarás
Héctor decía que se iba a estampar, pero viendo que no le quedaba otra solución, fue  corriendo y la traspasó. Al otro lado, había un camino estrecho, lo siguió y llegó hasta el vacío. Enfrente de él, brillaba una lucecita azul, la piedra. Encontró una cuerda cerca, no se le daban muy bien los lanzamientos de lazo. Pero lo intento, y al tercer intento lo enganchó. Pasó al otro lado y cogió la piedra. Entonces, se abrió otro pasadizo que llevaba hasta la luz. Salió y se dirigió hasta el lago. Se tiró, fue hasta el fondo y la niña allí le esperaba. Le dio la piedra. La niña, llamó a todos los cuídanos  para que fueran al palacio. Cuando estuvieron todos, les froto la piedra en el brazo para que todos volvieran a ser normales y subir al exterior. Como ya no podían respirar allí abajo, subieron a la superficie y fueron felices para siempre.
Cuando la niña  se acostumbró a la vida del exterior, se hizo muy amiga de Héctor. Con el paso de los años, se casaron. Comieron perdices y nos dieron con los huesos en las narices.

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